Pasión (anti)norteamericana

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12 Feb Pasión (anti)norteamericana

No pasa un día en el año sin que la prensa oficialista de la Isla —la única permitida— publique uno o más artículos, todos negativos, sobre Estados Unidos. Probablemente en el mundo no haya medios de comunicación tan negativos hacia el vecino del Norte, exceptuando, por supuesto, la Corea que envió a la hermana del dictador a dar la mano a sus hermanos del Sur. Lo de los escribidores antiyanquis cubanos no tiene paralelo en la historia: como quiera que lo pongan, siempre los “americanos” terminan siendo los malos de la película.

La nueva arremetida mediática contra el primer país del mundo ha sido particularmente insidiosa en los últimos meses, cuando ya se sabe cuál será el destino de las relaciones entre los dos países. Si se revisa lo publicado pocas semanas después de la asunción del presidente Donald Trump, se tendrá la certeza, una vez más, de que los medios de comunicación de la Isla, desde la radio hasta el pasquín del último pueblo, deben seguir rigurosamente la línea —sinuosa a veces— trazada por el Departamento de Orientación Revolucionaria (D.O.R.) y el Partido Comunista. Fuera de eso, “ni un tantico así”.

No es que en tiempos de Barack Obama el antiyankismo comunicacional languideciera. Es que se decía de otra manera: la rama de olivo venía untada de veneno. Tristeza y pena ajena de aquel articulista provinciano, también afrodescendiente, al que entonces se le fue la musa del D.O.R. y le preguntó con irreverencia al presidente negro si era sueco. Por supuesto, toda aquella andanada anti-Obama después que el extinto máximo líder dio el pistoletazo de arrancada con la reflexión —que no riflexion de Zumbado— llamada El Hermano Obama.

La ruta crítica antinorteamericana es bien conocida, y debe ser cumplida sin remilgos: los logros en deportes, ciencias, salud, educación, tecnología e incluso arte —premios Oscar, Globos de Oro, etc.—, deben ser minimizados, tocados de refilón, siempre vistos en sus peores aristas si resultan inocultables. Los censores han aprendido a hacer bien su trabajo: tachar todo lo que puede ser tachado; premiar y ascender a todo aquel que, de un éxito gringo, pueda sacar aunque sea una nota negativa.

Sucesos ocurridos en la última semana, como el cohete más poderoso jamás lanzado, el Falcon Heavy, y el retorno de los cohetes propulsores a la tierra para ser reutilizados, no ha recibido apenas difusión. Recuerda la historia del telescopio Hubble. Llevado al espacio en 1990 con un error en su espejo primario, trajo a la tierra imágenes desenfocadas. La prensa cubana se cebó en el descalabro —no en la proeza del trasbordador Discovery y la ingeniería—, y profetizó el fin de la NASA. Una vez corregido el error, y mejorado, incluso, el alcance del telescopio, volvió a ser ignorado.

Ahora, y por primera vez en 60 años de prensa, radio y televisión antinorteamericana, el régimen tiene aliados incondicionales en la prensa del Norte. En realidad, nunca han escaseado, como en el caso de un liberal periódico neoyorkino. Pero ciertos periodistas y cadenas de televisión, con un odio que oculta amores inconfesables, arremeten contra el Presidente y todo su ejecutivo sin tregua ni misericordia. Por primera vez, los encargados del régimen de vigilar los blogs y las agencias noticiosas pueden tomarse merecidas vacaciones: por ellos hay cientos de profesionales en Estados Unidos hurgando en los más mínimos detalles de la vida privada de quien habita la Casa Blanca. Y lo mejor de todo: los protege la Constitución.

Sabemos que para Trump el escándalo constante es una forma de estar en las primeras páginas, y relegar a las últimas, que casi nadie lee, la información desagradable, substancial —lo sabe como pocos y lo maneja a su favor. Y también sabemos que el actual presidente ha roto con un mito antológico de la cultura electoral norteamericana: se puede ser presidente con la prensa o sin la prensa, pero nunca contra la prensa. Y ahí están sus twiters.

De igual modo, hay mitos revolucionarios sobre los medios norteamericanos que desaparecen en la era Trump. Uno de ellos es que las agencias noticiosas se subordinan al gran capital. Es una media verdad: quienes pagan en realidad son los anunciantes y los subscriptores; son ellos quienes deciden lo publicable. Simple mercado. Pero sucede que hay tantos medios, y tal diversidad, que cualquiera tiene acceso a múltiples versiones y opiniones, no siempre coincidentes con las tradicionales y poderosas agencias yanquis. De ahí la abundancia de fake news o noticias falsas.

Otro mito encallecido es que hay una matriz anticubana “fabricada” en las oficinas editoriales, pagada por la CIA, USAID, y todas las compañías inimaginables. Hoy, con Donald Trump en la Oficina Oval, Cuba apenas se menciona, no existe. Es un mal negocio: una Isla aferrada al pasado a la que se ha tragado la historia. Un sitio donde no pasa nada; acaso unas líneas dedicadas a la oscura guerra de los “misiles sónicos”, un thriller que nadie ha podido probar.

Algún día, al final de sus tiempos los ideólogos comunistas cubanos —que no son eternos— comprenderán que seis décadas de propaganda antinorteamericana han convertido a la Isla en el país más pro-yanqui del mundo. Que ha sido enorme su ayuda para la anexión espiritual y cultural con el Norte.

Tanto ha sido el rechazo al capitalismo y el “imperialismo”, que los niños cubanos quieren conocer cómo es “el coco”; crecidos, saber por qué alguien tan malo tiene en la cultura, la salud, la educación universitaria, el deporte, la ciencia o la economía, tantos éxitos. Y una vez adultos, curarse el neuroticismo odio-amor: si los norteamericanos son tan ladrones, crueles y corruptos, y solo buscan la esclavitud del pueblo cubano, ¿por qué tener relaciones financieras y comerciales con quienes se aborrecen apasionadamente?

Modesto Arocha
marocha@alexlib.com
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