25 de julio de 2018 06:24 PM

Actualizado 25 de julio de 2018 06:55 PM

Pervive entre cubanos (incluso entre exiliados de más de medio siglo) la subespecie del revolucionario frustrado o trasnochado que, en fecha como la de hoy, aún se siente animado de una inevitable nostalgia por “la gesta” que alguna vez lo entusiasmó y que tiene su acta de nacimiento en el asalto, chapucero y malogrado, al regimiento del Ejército en Santiago de Cuba que llevaba el nombre del general independentista negro Guillermo Moncada.

Me cuesta mucho trabajo entender ese entusiasmo —por apagado que se muestre— al que siempre he sido inmune; sin embargo, tengo amigos que lo padecen, que se definen como “revolucionarios”, que militan en agrupaciones de semejante denominación y que, lejos de reconocer el error de ese credo, se consuelan culpando a Fidel Castro de traición, de un engaño tan monstruoso que sirve para eximirlos de toda responsabilidad.

Creo, desde hace mucho, que el derrocamiento de Gerardo Machado en 1933 fue un punto de inflexión en la vida política cubana que magnificó y consagró el ideal de la Revolución (con mayúscula) como un recurso violento al que era menester recurrir para enderezar y sanear el proyecto nacional y conformarlo al “sueño” de sus próceres fundadores. Cuando, el 1 de enero de 1959, Fulgencio Batista sigue el camino de Machado, el pueblo cubano, adoctrinado durante 25 años en la esperanza de esa Revolución, cree llegada la hora de su glorioso advenimiento. Y efectivamente había llegado, porque la Revolución no era, y no podía ser, ese programa de redención social que encandilaba la imaginación de tantos, sino la destrucción sistemática del pasado, de las tradiciones e instituciones, de los soportes naturales que tiene una nación; la perversión de sus costumbres, la falsificación de su historia, el sacrificio de toda sana aspiración presente e inmediata por un espejismo que sólo sirve a los que mandan para eternizarse en el poder; utopía delirante que exige la más abyecta sumisión; religión política que condena como hereje a todo el que no le rinda acatamiento.

La revolución cubana no es un proyecto malogrado por la ambición de Fidel Castro, sino esa atrocidad que Fidel Castro deliberadamente llevó a cabo y que lo mantuvo en el poder, o a su sombra, por casi seis décadas. El marxismo-leninismo, que él dijo en un momento que profesaría hasta el final de sus días, es sólo una harapienta vestidura. La maldad esencial no consistió en que Castro fuera comunista, sino en que fue revolucionario; es decir, que se empeñó en transformar la realidad por la sola fuerza de un poder renovador que se le había prometido a los cubanos desde que él era un niño y que él creyó encarnar. La revolución era una peligrosa pasión; el marxismo-leninismo no fue más que una metodología útil para encauzarla.