J. D. Martínez: el cubano que nadie conoce en Cuba

04 Nov J. D. Martínez: el cubano que nadie conoce en Cuba

NENO DÍAZ | Pinar del Río | 30 de Octubre de 2018

Para la pelota cubana, la temporada de 2018 ha sido la de J. D. Martínez. Aunque la prensa del caimán no mencione su nombre y apenas nadie en Cuba sepa de las raíces nacionales de la estrella de las Medias Rojas, una consecuencia de la absurda situación que vivimos los cubanos, secuestrados por una banda de comecandelas que insiste en moldear la realidad a su conveniencia, a la vez que fastidia la vida de los otros.

En un país normal, J. D. sería un ídolo y los niños lo imitarían, llevando el 28 en la espalda. La nación sería más rica culturalmente, más transnacional, abierta, ambiciosa y moderna. Pero no. Ahí están los comecandelas, diseñando un presente en gloria sua que pasa, en los diamantes, por negar una de las mayores campañas ofensivas jugadas nunca por ningún pelotero nacido en el caimán o su diáspora.

Siendo así, al menos aquí tenemos que dejarlo claro, y de paso reivindicar a otros proscritos: porque los 43 vuelacercas, las 130 empujadas y el .330 de promedio al bate de J. D. Martínez en el mejor béisbol del mundo se hayan a la par de actuaciones como la de Tony Oliva (32HR, 94RBI, .323) con los Mellizos de Minnesota en 1964, la del gran Tony Pérez (40HR, 129RBI, .327) con los Rojos de Cincinnati en 1970, la de José Canseco (42HR, 124RBI, .307) con los Atléticos de Oakland en el 88, cuando además se robó 40 bases; o la de Rafael Palmeiro (47HR, 148RBI, .324) con los Rangers de Texas en 1999.

J. D. se coronó, además, campeón mundial, algo que no pudo conseguir ningún otro de los mencionados en los años referidos.

El promedio de slugging (.629) de J. D. y su OPS (1.031) fueron resultado de una constancia y de otros numeritos de miedo: lo mismo ante zurdos (.336) que ante derechos (.329), en Fenway Park (.334) que en otros campos (.326), con las bases limpias (.311) que con hombres a punto de anotar (.386), lo suyo fue de apaga y vámonos.

Más allá, mirando las cosas con perspectiva, lo más impresionante de J. D. Martínez resultan los ajustes que fue capaz de hacer para darle una vuelta a su carrera. Despedido por los Astros de Houston antes de la campaña de 2014, tras tres temporadas allí, reinventó su swing y estudió el juego como nadie para ganarse una segunda oportunidad con los Tigres de Detroit, volverse una estrella y, finalmente, explotar el año pasado hasta alcanzar un nivel reservado a pocos.

La trayectoria de J. D. Martínez demuestra como casi ninguna otra esa máxima de que el béisbol es un juego de ajustes permanentes, de pequeños cambios que te permiten seguir. Yasiel Puig sabe algo de eso, como queda demostrado si comparamos su actuación otoñal de este año con la de temporadas anteriores, cuando una dieta de sliders en la esquinita de afuera, diseñada para hacerle perder la paciencia, tanto daño le hizo. Una pulgada más atrás en el cajón de bateo, una más adentro, un hombro ligeramente más alzado, vuelta a empezar… Cambios mínimos, un baile constante de detalles en movimiento. Eso es lo que se requiere. Y estar dispuesto a librar una despiadada batalla mental con uno mismo, en una disciplina en la que tener éxito en tan solo tres ocasiones de cada diez se considera algo excepcional.

Así despedimos este 2018, el año de la coronación de J. D. Martínez, un cubano estelar que nadie conoce en Cuba por culpa de medio centenar de socotrocos.

Nos vimos ayer y no nos veremos mañana. Lo haremos esporádicamente durante el tiempo muerto —comentando algún que otro libro de béisbol— y, otra vez, el 28 de marzo de 2019, cuando las treinta novenas del show tomen los campos, los referís señalen a los lanzadores, y digan las palabras que todos los niños quieren oír: play ball!

Modesto Arocha
marocha@alexlib.com
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