GUILLERMO CABRERA INFANTE: MEA CUBA ANTES Y DESPUES

08 Sep GUILLERMO CABRERA INFANTE: MEA CUBA ANTES Y DESPUES

Tomado de http://www.almamagazine.com

Con casi treinta años de exilio, en 1992 Guillermo Cabrera Infante publica el libro Mea Cuba, uno de los más importantes testimonios en lengua española del combate contra la tiranía y de la capacidad de disidencia de un autor comprometido con su tiempo y desengañado del curso emprendido por la Revolución Cubana. Recogiendo sus artículos de la época revolucionaria, la mayoría no publicados nunca en libro, y dos obras de narrativa, el flamante volumen Mea Cuba antes y después gira alrededor del mencionado libro. Escritor comprometido con la lucha antibatistiana y con los valores que impulsaron la causa revolucionaria, el curso seguido por el régimen de Castro a partir de 1961 lo llevó a adoptar la posición crítica que le conduciría al exilio, y a escribir los ensayos que componen este volumen donde se reflejan los grandes temas que le obsesionaron: la historia y la cultura cubana, sus reflexiones sobre el exilio, la nostalgia y la memoria, la crítica a la tiranía castrista y el anhelo de la isla recordada. Aquí compartimos las primeras páginas del prólogo, que escribió Antoni Munné.

Texto: Guillermo Cabrera Infante / Fotos: Gentileza Galaxia Gutenberg

“Ya no se puede más.” Estas cinco palabras son las que cierran la obra capital de Guillermo Cabrera Infante, Tres Tristes Tigres, y fueron también, según el testimonio de su viuda Miriam Gómez, unas de las últimas que pronunció, hace ahora diez años, antes de morir de una septicemia en un hospital londinense. Metáfora de una vida, en realidad la frase no era el verdadero final del libro, sino el resultado de la intervención de la censura española. El autor supo hacer de la necesidad virtud y con ello consiguió el mejor de los finales posible.

Los textos que se recogen aquí son el relato de una gran decepción y, al mismo tiempo, una autobiografía camuflada.

“Mis amigos lo han pedido, mis enemigos me han forzado a hacer un libro de estos obsesivos artículos”, dijo Cabrea Infante.

“Mis amigos lo han pedido, mis enemigos me han forzado a hacer un libro de estos obsesivos artículos”, dijo Cabrea Infante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esa frase, de resistencia hasta el límite, sirve para introducir este volumen, Mea Cuba, antes y después, llamado −tal vez impropiamente− de escritos políticos y literarios, pero que en realidad es una extensa colección de ensayos nacidos de unas circunstancias biográficas concretas que probablemente en otro contexto no se hubieran producido ni hubieran dado lugar al libro que tenemos en las manos. Una evidencia más de que la historia no la escriben los escritores y de que su curso se equivoca muchas veces de dirección.

Los textos que se recogen aquí son el relato de una gran decepción y, al mismo tiempo, una autobiografía camuflada. Cabrera Infante pertenecía a la especie privilegiada de los escritores del yo, y es lógico que su personalidad, velada o explícita, asome en cada una de sus páginas. Habrá quien lo considere un libro político. Estará en lo cierto si un testamento de alguien que quiso pensar por su cuenta es un testimonio político. Tras cuarenta años de exilio, en el momento de su muerte, un periódico inglés como The Guardian lo describía así: “Un consistente anticastrista, Cabrera Infante no fue especialmente derechista y puede ser descrito como un individualista libertario”. Tal vez no sea esta la etiqueta más adecuada para definirlo, pero es reveladora de la conducta de alguien que siempre actuó de acuerdo con sus ideas.

II

El exilio es, en la mayoría de los casos, una exigencia moral (“Mi única fuerza es intelectual y, por supuesto, moral”). Es cierto que hay exilios obligados, forzados por una situación límite que puede conducir a la cárcel o al paredón. Son exilios que se viven como una huida, como la escapatoria a un destino trágico. En cambio, la mayoría de las veces lo que mueve a alguien al exilio es la imposibilidad física o psíquica de seguir viviendo durante más tiempo en unas condiciones de falta de libertad (y la libertad, como casi todo en la vida, es siempre subjetiva). Esta especie de asfixia conduce a un tipo de resistencia que generalmente comporta un alejamiento −o extrañamiento− de la realidad en la que nos ha tocado vivir. A diferencia de la condición de emigrado o de refugiado, que casi siempre está motivada por la dificultad de subsistir en el territorio en que uno ha nacido, a la de exiliado se puede llegar desde situaciones económicas, sociales y laborales de muy distinta naturaleza.

Sin embargo, estamos demasiado habituados a considerar la palabra exilio como si de una forma de vida se tratara, como si la resolución de emprender el camino del exilio no comportara un profundo desasosiego mental a la hora de abandonar hábitos, amistades, familia, lengua y otros muchos componentes de lo que constituye la esencia humana y la necesidad de pertenencia a un lugar. Utilizamos el concepto de manera banal porque está demasiado extendido y somos incapaces de leerlo como una anomalía, como algo a erradicar, algo que atenta sustancialmente a los derechos mismos de la persona.

Hay, es cierto, exilios que se dan en situaciones de paz, en que la libre expresión de las ideas obliga a abandonar el statu quo, pero por norma general el exilio se produce a consecuencia de situaciones traumáticas: cambios de régimen, golpes de Estado, revoluciones que de un día para otro alteran el orden cotidiano de las cosas y hacen que lo que hasta ayer fue vivible deje de serlo.

Un enorme pesimismo que no nace de la nada, sino que es el fruto del tránsito de una dictadura a otra dictadura, tal vez más terrible.

En el caso de los intelectuales, y por extensión de los escritores como Guillermo Cabrera Infante, nada de este componente humano les es ajeno. Sobre todo en lo que atañe a la libre expresión de las ideas. La historia de la literatura está plagada de casos. Desde Ovidio, uno de los primeros escritores exiliados, a quien Cabrera Infante rememora en el exergo magistral al ensayo “El nacimiento de una noción” –“La hora cero romana que sonó para Ovidio ha sonado para nosotros hace rato, desterrados por un falso emperador”−, persiste esa misma condición, una condición que otro exiliado ilustre, con aires mucho menos tropicales, el poeta ruso Joseph Brodsky, definió en su día como “la tragicomedia del exilio”.

III

“En todos sus escritos nos interpela, a los cubanos y a los que no lo son”, escribe Munné, encargado del prólogo y la edición.

“En todos sus escritos nos interpela, a los cubanos y a los que no lo son”, escribe Munné, encargado del prólogo y la edición.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El fragmento con el que este volumen concluye, el que le sirve de colofón, y que ha sido extraído de Cuerpos divinos, puede ser leído como una síntesis del pensamiento del autor: las ilusiones transformadas en pesadilla. Un enorme pesimismo que no nace de la nada, sino que es el fruto del tránsito de una dictadura a otra dictadura, tal vez más terrible, y de cómo se llega a la decepción, que podría ser también desengaño, sufrimiento, desesperación. En última instancia, cómo desde esta épica del exilio se va gestando una obra totalmente singular. Si la Revolución no se hubiera torcido, si la sospecha y la delación no se hubiesen convertido en una práctica habitual, si no hubiesen existido campos de internamiento para los que pensaban distinto, si no se hubiera perseguido a los homosexuales… probablemente este volumen nunca hubiera existido. Al recoger las crónicas cinematográficas de GCI ya vislumbrábamos que, bajo la fascinación por el séptimo arte, toda su etapa como crítico en Carteles, y la misma creación del personaje de G. Caín, preludiaban el advenimiento de un gran escritor y de una literatura propia: una escritura brillante, alegre, inteligente, en la que le mot juste bailaba al son caribeño de la pirueta verbal y del calembour.

Del mismo modo que el cine supuso para él la apertura a una literatura viva, mordaz a veces, divertida siempre, la política lo fue revistiendo de un talante adusto, serio, acorde con la época en que le tocó vivir. Porque ya en esos mismos escritos se percibía, se intuía, la preocupación por el curso de los acontecimientos del país.

Recordémoslo: la dictadura instaurada por el general Fulgencio Batista, fruto del golpe de Estado que le había llevado al poder en 1952, y que comportó el derrocamiento del régimen democrático existente, la supresión de las libertades constitucionales y la dependencia de los Estados Unidos, que habían dado apoyo al levantamiento militar. La represión a que fue sometida la población provocó la aparición de importantes movimientos de protesta, sobre todo entre el sector estudiantil, que fue objeto de violentas represalias por parte de los poderes gubernamentales. En este contexto de enfrentamiento con el régimen tendrían lugar acciones importantes, como la del asalto al Palacio Moncada, en 1953, promovido por un entonces joven Fidel Castro y en el que participarían actores, como Gustavo Arcos, que en un futuro no demasiado lejano tendrían un papel importante en la vida de Cabrera Infante. Episodios como estos fueron configurando en él una conciencia política que se trasluciría en su trabajo como periodista, incluso en una labor aparentemente tan alejada del compromiso como la de la crítica de cine.

Estas inquietudes políticas, fomentadas por amigos mayores que él, como Antonio Ortega o Carlos Franqui, o por compañeros de generación (Tomás Gutiérrez Alea, Néstor Almendros, el mencionado Alberto Mora), harían que, aunque nunca se vinculase orgánicamente a los protagonistas de la resistencia antibatistiana –la militancia incondicional de sus padres Zoila y Guillermo en el partido comunista le había inmunizado para ello−, simpatizase, se acercase o interviniese en alguna de las acciones llevadas a cabo por uno de los grupos que más contribuyó al cambio político: el Directorio Revolucionario Estudiantil, organización que, en 1957, había sido la encargada de llevar a cabo el fracasado asalto al Palacio Presidencial, durante el transcurso del cual morirían la mayor parte de los asaltantes (entre ellos Menelao Mora, padre de su íntimo amigo Alberto) y que semanas más tarde tendría un trágico corolario en forma de masacre con el asesinato de sus escasos supervivientes, entre ellos su amigo de infancia Joe Westbrook, en lo que es conocido como la matanza de Humboldt 101.

La política lo fue revistiendo de un talante adusto, serio, acorde con la época en que le tocó vivir.

Esta muerte le dejó una profunda huella y fue uno de los factores que le animó a escribir muchas de las viñetas −ese género especial de texto: corto, frío y descriptivo, entre poema y prosa, generalmente a partir de una imagen− que conforman la práctica mitad del libro Así en la paz como en la guerra y la totalidad de Vista del amanecer en el Trópico. En su caso, y en el de muchos otros, las esperanzas puestas en la Revolución no eran tan imperativas como el ferviente deseo de derrocar la dictadura batistiana. El estallido de aquella, la noche de fin de año de 1958, con la huida de Batista y la entrada de los rebeldes en La Habana, ocupa muchas páginas de este volumen, y también es uno de los ejes centrales de la citada Cuerpos divinos, una de las obras que dejó inacabadas, en la que trabajó durante muchos años, y que solo sería publicada tras su muerte.

Es difícil desarrollar en tan breve espacio la evolución biográfica del autor de Tres Tristes Tigres. Son numerosos los artículos y ensayos que se le han dedicado. Nuestro relato se limitará a hacer referencia a algunos episodios puntuales, y remitirá al lector a la última pieza de este volumen, ese “ensayo de prosa biográfica”, llamado “Orígenes”, que desde su primera redacción en 1975, dentro del volumen O, el escritor fue actualizando hasta una última versión aparecida en 1999. De todos modos, para seguir fielmente el curso de los acontecimientos es imprescindible acudir a la única biografía propiamente dicha que se le ha consagrado hasta el momento, la del profesor Raymond D. Souza, Two Islands, Many Worlds, que desgraciadamente se detiene en 1996, año de su publicación. Fuera de esta tentativa de aproximación global, son muchísimos los libros y artículos, publicados en papel o en internet, que se dedican a escrutar distintos episodios de la vida de GCI. De entre todos ellos, cabe destacar muy especialmente los que le dedicaron Nivia Montenegro y Enrico María Santí, como introducción a Infantería, una extensa selección de sus escritos al cuidado de los dos mencionados profesores.

IV

Tras la desaparición de Batista del escenario, el país se sumerge en un clima de euforia y cambio. Pese a compartir la alegría del momento, Cabrera no se deja llevar por los excesos y contempla cómo algunos de sus amigos abandonan el barco. Pero la vida sigue y él continua ejerciendo la crítica de cine para Carteles, al mismo tiempo que es nombrado director del Consejo Nacional de Cultura. Es el momento en que Carlos Franqui, que primero le había pedido que colaborara en Revolución, le propone crear y dirigir el suplemento literario Lunes de Revolución.

Antes de asumir esta responsabilidad, nuestro autor se contagia del entusiasmo popular y publica dos significativos artículos recogidos en este volumen como prueba indiscutible del compromiso adquirido. El primero, “La isla partida en dos”, todavía en Carteles, ya es premonitorio de los acontecimientos que estaban por venir. El otro artículo, utilizado y difundido profusamente para acusarle por haber defendido los fusilamientos de los primeros meses, es una muestra suficientemente explícita de las posiciones de nuestro autor en una coyuntura concreta, y toda su trayectoria posterior se convertirá en una rotunda rectificación y una contundente autocrítica de lo que allí se afirmaba.

(…)

En Lunes colaboraron la mayoría de escritores de su generación, con la presencia de Virgilio Piñera como figura emblemática y la participación de la mayoría de las firmas más reputadas de la época. Viendo la heterogeneidad de sus coetáneos y observando las distintas trayectorias que emprenderían posteriormente, es fácil comprender que para que esa confluencia momentánea tuviese lugar la figura de Cabrera Infante fue no solo determinante por el papel que ejerció como director, sino como inspirador, aglutinador y catalizador de los principales números publicados.

Tanto por su contenido periodístico como por lo que supuso de punto de inflexión en su pensamiento, uno de los artículos más destacados es “La letra con sangre”, en el que narra en primera persona su visita al escenario de la batalla (o “batallita”, como él la denomina, de la Bahía de Cochinos, a la que asistió como un revisitado Fabrizio del Dongo (el personaje de La cartuja de Parma, de Stendhal, que vivió la batalla de Waterloo sin saberlo). Ese episodio de Playa Girón, al que acudió acompañado por su amigo Walterio Carbonell, “sociólogo y viejo marxista de raza negra”, le abrió los ojos ante el nuevo rumbo que tomaba la Revolución. Su lectura es no solo apasionante por el ritmo narrativo, sino porque, por debajo del sentimiento patriótico que rezuman sus páginas, sabemos, gracias al testimonio de su esposa Miriam Gómez, que fue probablemente ese el primer momento en que advirtió la presencia de militares soviéticos en las operaciones bélicas. Este giro brusco de la Revolución y la proclamación inmediata del carácter socialista de la misma empezaron a sumirlo en una perplejidad que se convertiría en desazón ante el cariz que adquirían las cosas.

El desenlace dramático de la revista es de sobras conocido. El pretexto, la participación de Lunes en la producción del cortometraje P.M. de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal. El delator, el ICAIC, encarnado en la figura de su director Alfredo Guevara, el censor estalinista del régimen. La causa, la censura a los intelectuales, muy parecida a la de los “procesos de Moscú”, de infausta memoria. El resultado, la llamada al orden, concretada en esa parodia de juicio llevada a cabo durante tres viernes consecutivos en la Biblioteca Nacional, con “la sentencia antes que el veredicto”, como le gustaba citar a GCI emulando a la Alicia de Lewis Carroll, y la confesión de Piñera –“Tengo miedo”− como testimonio de un sentimiento que empezaba a instalarse entre los intelectuales críticos.

A partir de entonces ya no regresaría más a la redacción de Lunes, y los últimos números, dedicados a Vietnam, Laos, Corea o Rumanía, se realizarían sin su participación y estarían al cuidado de Ithiel León. Solo el último, el dedicado a Picasso, que había dejado preparado cuando se desencadenaron los acontecimientos, mantendría su impronta personal.

En el transcurso de unos pocos meses –aunque fuera una decisión que tal vez se venía gestando desde que Castro pronunciara su sentencia fúnebre, sin lugar a matices: “Con la revolución todo, contra la revolución nada”−, él, un intelectual comprometido con la lucha antibatistiana, simpatizante de la causa de la revolución e implicado en la fundación de una de las revistas culturales más valorada dentro y fuera de su país, decide, en un acto personal, libre y arriesgado, abandonarlo todo y se marcha, con sus dos hijas, a reunirse con su mujer y compañera para adentrarse en esa dimensión desconocida que llamamos exilio.

El resto es silencio (aunque en la actualidad, gracias a internet, quienquiera puede cerciorarse por sí mismo de la esperpéntica y ridícula diatriba de Fidel para extraer sus propias conclusiones). No es necesario decir nada más.

Frank Rodriguez
brickelleditor@hotmail.com
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